ABUELITA PETRA
Sufría cólicos tremendos, cualquier día o noche empezaba un
dolor agudo que le partía el alma y el cuerpo. Se sentía morir y se vestía con
su camisón más decente y preparaba la ropa que le serviría de mortaja. Después
loteaba sus posesiones y ponía notas a todos sus seres queridos, que eran
muchos. Cuando todo el trabajo estaba terminado o simplemente no podía más,
llamaba a la vecina que se encargaba de llamar al médico y a mi madre.
El médico nunca sabía exactamente lo que le ocurría pero la
veía tan mal que hacía llamar al cura y le ponía un calmante fuerte. Según
íbamos llegando a la casa, con su último aliento te obligaba a coger el hatillo
que te correspondía, se despedía intima y personalmente de cada uno, daba
instrucciones generales a mi madre y se relajaba hasta que parecía que no
respiraba. El cura daba la extremaunción y esperábamos…
Uno o dos días más tarde se levantaba como una rosa, se
arreglaba y salía de compras a reponer todo lo que había regalado. Mantelerías,
sábanas, colchas, toallas… Por eso todos los nietos conservamos hoy manteles
sin servilletas, servilletas sin manteles, sábanas sin almohadones, almohadones
sin sábanas, toallas de diferentes tamaños y colores y un surtido de paños de
cocina “recuerdo de …” que no secan.